AN ELEPHANT SITTING STILL: EL LEGADO DE HU BO

El festival D’Autor, celebrado en Barcelona a finales de Abril de este mismo año, nos dejó una de las películas más interesantes que se han realizado en los últimos años. Interesante, hasta cierto punto, por el contexto en que llega al público: Hu Bo, un novelista –hasta el momento, pues después pasará a ser considerado cineasta– chino de 29 años, lleva su novela (de título homónimo) a la gran pantalla, y se quita la vida antes de finalizarla. 

No obstante, no es su condición de filme huérfano la que hace de esta una obra singular. La ópera prima de Hu Bo destaca, sobre todo, por insertar al espectador en un viaje a través de los más débiles niveles de la condición humana. A través de las historias de cuatro personajes principales (aunque cabe mencionar la especial atención al detalle que se presta a todos y cada uno de los que aparecen como secundarios), el director expone de qué forma el ser humano llega a un estado de crisis. El amor, la amistad, la familia, son para Hu Bo detonadores de un tono decadente y nos sugieren que, a pesar de lo establecido, las relaciones humanas no pueden salvarnos de una existencia, al fin y al cabo, miserable. 

Amistades que acaban en conflictos violentos, familias que excluyen a sus miembros y relaciones sentimentales que no son un ámbito en el que sentirse arropado, se encuentran en un argumento que entrecruza sus caminos cuando una leve y nada esperanzadora luz aparece al final: en el zoológico de Manzhouli, un elefante permanece sentado ignorando cuanto le rodea. Las historias de estos personajes toman un camino con un objetivo claro que, pese a no prometer ningún tipo de salvación, se convierte en el único propósito dentro de una vida que ya no contempla una permanencia en el mundo. Un elemento que, en ese aspecto, enlaza con la ballena que Béla Tarr utiliza en Armonías de Werckmeister (Werckmeister harmóniák, 2000); animales simbólicos que, en ambos casos, reflejan una esperanza tan mínima que registra a la perfección la magnitud de las pasiones que configuran a los personajes. 

Respecto a esta apreciación última, si cierto manierismo se puede detectar en el filme de Hu Bo no es sino el del cineasta húngaro. Un metraje extenso, el uso de largas secuencias que se mueven por el espacio de forma lenta y conversaciones que se dilatan a través de intervenciones introspectivas sostenidas en primeros planos, configuran un largometraje cuyo propósito no es sino transmitirnos una sensación de desesperación respecto a unos personajes cuyo viaje deviene prácticamente eterno. De hecho, a pesar de que los personajes comparten un objetivo común que apunta a un encuentro final como el que habitualmente encontramos en largometrajes sobre historias cruzadas, Hu Bo no construye una historia en la que unir a diferentes personajes en un instante de catarsis, sino que, por el contrario, une sus caminos de una forma nada artificial. La narración se aferra al punto de vista pesimista de la película, no haciendo de la cámara una herramienta que capta momentos reveladores o trascendentales, sino que simplemente deambula por los escenarios registrando cómo, lentamente, los personajes se apagan, se desvanecen, ante el desenlace del relato.

En conjunto, An Elephant Sitting Still entrama un mosaico que pone de relieve reflexiones existenciales enmarcadas en diversas etapas vitales y que, además, provienen de puntos de vista contextualizados en una misma sociedad. Los personajes del larometraje son, hasta cierto punto, arquetipos dramáticos universales, pero también modelos de un país concreto que pretenden dar una imagen concreta de la sociedad en cuestión. Una sociedad que, acorde a las convenciones del filme, está marcada por una naturaleza entregada al pathos como voluntad última para solucionar sus conflictos. En ese sentido, la China presentada por este autor, no dista mucho del punto de vista pesimista de cineastas coetáneos como Jia Zhang Ke (con filmes como Un toque de violencia, (Tian zhu ding, 2013)), al presentar un país en el que la violencia –tanto física como psicológica – tiene una fuerte presencia y detona los múltiples relatos que convergen en el argumento. Ésta última, quizás más próxima al marco del desarrollo económico del país, muestra una sociedad marcada por una conducta violenta que no nace sino de la espiral de frenetismo en la que el propio progreso la embute. Retratos, en definitiva, que exponen un país marcado por un temperamento destructivo incluso dentro de un desarrollo que apunta hacia un horizonte más esperanzador. 

Teniendo en cuenta tanto la potente carga psicológica del filme como el contexto en el cual está inmersa, no se puede sino considerar que el legado que Hu Bo ha dejado al mundo no es sino un grito (ahogado) de socorro. El retrato que lleva a cabo de su país, así como las pulsiones universales que exponen los personajes, ponen de manifiesto a un autor que, dada su última voluntad, no quiere sino legar al mundo una visión pesimista de éste. Y, al final, lo que nos queda a nosotros como espectadores de su obra, no son sino dos formas distintas de abordar una misma realidad (con la virtud, claro está, de poder percibirla a diferentes niveles intelectuales y, sobre todo, psicológicos).

Por Sergi Tesoro

*Artículo originalmente publicado en el número 3 de la revista Découpage