TIEMPOS MUERTOS

THE EQUALIZER 2 (THE EQUALIZER 2) | ANTOINE FUQUA, 2018
POR ADRIÁN CHAMIZO

Cuatro años después de la primera The Equalizer (The Equalizer, Antoine Fuqua, 2014) Antoine Fuqua repite entrega con uno de sus actores fetiche, Denzel Washington, que vuelve a encarnar a Robert McCall, un militar ya retirado que ahora ejerce de conductor privado y, de vez en cuando, se dedica a impartir justicia para defender a los más desfavorecidos. Es éste un potente y peligroso mensaje que se ha repetido desde el western y actualizado en los años 70 con películas que generaron sagas como la de Harry el Sucio (Dirty Harry, Don Siegel, 1971) o El justiciero de la ciudad (Death Wish, Michael Winner, 1974), unas películas que, en clave de actioner, ponían en solfa la delincuencia de las urbes y mostraban a héroes defraudados que se veían empujados a saltarse las normas del sistema para impartir justicia social o personal. Un mensaje que sigue todavía en boga y que ha sido continua-mente actualizado con más o menos acierto -ahí está reciente el remake de El justiciero (Death Wish, Eli Roth, 2018), protagonizada por Bruce Willis, donde se satiriza sobre las bondades del capitalismo y la facilidad de comprar un arma en EE.UU-, pero quizá la más colosal y contundente propuesta sea la serie The Wire (The Wire, David Simon, 2002-2008), que realiza una radiografía social a partir del crimen organizado en Baltimore para sacar a la luz todo lo que nuestro tiempo oscuro tiene de miserable.

La curiosidad de este film es que Fuqua dedica la mayoría del grueso del metraje a los tiempos muertos de nuestro héroe, qué libros lee -con títulos significativos como En busca del tiempo perdido de Marcel Proust-, su trabajo como conductor privado o la relación con los vecinos de su barrio, como si fuera una especie de suspensión de la narración totalmente estirada a lo largo de un metraje que, en su totalidad, dura dos horas. No es casualidad que este recurso ya estuviese en el guión de Richard Wenk, un subterfugio de la acción que ya estaba en otro film del cual Wenck también fuera responsable de su guión como Jack Reacher: Nunca vuelvas atrás (Jack Reacher 2: Never Go Back, 2016), que planteaba motivos narrativos muy similares, el del héroe retirado y envejecido que de vez en cuando imparte justicia.

Éstas películas plasman a unos héroes que se resisten a desaparecer, como si fueran una pura metáfora del cine de acción, un ya no se puede hacer el cine de acción de antes ni como antes, pero aquí siguen resistiendo ante nuevas y blancas formas del cine de entretenimiento de acción, frente a un cine que se ha instaurado industrialmente y en donde nada ni nadie puede sentirse molestado ni violentado, pecando de una corrección política continua, repletos de héroes con pistolas de goma, una especie de capítulo del Equipo A rodeado de un CGI continuo. Otro elemento significativo del film es el cómo estos nuevos tiempos encuadran a estos viejos héroes abandonados a su suerte; el sistema ya no los necesita y por ello hay que eliminarlos. La definición de estos nuevos tiempos la da el personaje interpretado por Pedro Pascal (Dave) que ya no trabaja para el gobierno y está en el sector privado: “Ya no hay enemigos, hay desafortunados”, toda una declaración de intenciones del capitalismo salvaje que justifica un darwinismo social.

The Equalizer 2 no es una gran película, ni está entre los mejores trabajos de Fuqua como realizador, de los que habría que recordar sus excelentes resultados cada vez que se atreve con un género como es el neonoir en, posiblemente, sus dos mejores trabajos: Training Day (Training Day, 2001) y Los amos de Brooklyn (Brooklyn ́s Finest, 2009). Su valor está en la puesta en escena de Fuqua -empañada por algunos momentos demasiado moralistas como los que protagoniza un anciano del que McCall es chófer- que es muy similar a la vista en la anterior The Equalizer, utilizando los espacios cotidianos que enmarcan a Robert McCall con numerosos planos generales, con planos medios en la mayoría de las conversaciones y utilizando numerosos planos de montaje en las coreografías de acción de cuerpo a cuerpo. Sin embargo, la planificación visual de Fuqua resulta muy llamativa y acertada en el último tercio del film, en especial en el momento en el que decide ubicar el duelo de McCall contra sus enemigos en su antiguo hogar -un pequeño pueblo costero que sufre un vendaval y que por ello está desierto-, un enfrentamiento que Fuqua muestra como si fuera un western por el uso del espacio; además, utiliza elementos del slasher debido al tratamiento de la violencia desmesurada y a que la cámara se centra en el punto de vista de los villanos que morirán violentamente cazados uno a uno -tampoco es casualidad que McCall utilice armas blancas como cuchillos o un arpón para acabar cruelmente con sus enemigos-.

Este desenlace resulta muy sig nificativo puesto que Fuqua decide terminar su película con un último plano en el que McCall se encuentra en su antigua casa de espaldas -siendo hábilmente mostrado mediante la fotografía como una silueta- con vistas al mar -su lugar idílico, un espacio más relacionado con la naturaleza donde vivía felizmente con su esposa- mediante un ligero travelling de alejamiento en el que el fundido en negro deja al protagonista en un lugar añorado. Un plano que tiene mucha similitud y conexión con la monumental Centauros del desierto (The Searchers, John Ford, 1956) en cuanto a forma y contenido, ya que Fuqua utiliza un encuadre similar y deja a McCall enmarcado ante el mar -un paisaje liberador con horizonte infinito- mientras que en la película de Ford el personaje de Ethan (John Wayne) quedaba enmarcado por la casa donde habitaba su añorado amor para ahora estar solo ante el paisaje del desierto -su hábitat natural, donde ha estado vagando paraolvidar ese amor imposible.-. Un retiro plasmado mediante una poética imagen, la del héroe repensando su lugar a través de su utopía.

TIEMPOS MUERTOS ● 16 de Agosto de 2019