LA TRILOGÍA DE LA MUERTE

UN RECORRIDO POR LA OBRA DE GUS VAN SANT
POR JESÚS URBANO

"NADA HACE SENTIR MÁS VIVO QUE LA MUERTE DE ALGUIEN", DECÍAN EN HOLY MOTORS, LA ÚLTIMA PELÍCULA DE LÉOS CARAX. LA TRILOGÍA DE GUS VAN SANT, AUTOR IMPRESCINDIBLE DEL CINE NORTEAMERICANO CONTEMPORÁNEO, PARECE QUERER VER EN LA MUERTE LA POSIBILIDAD MISMA DE UNA RESURRECCIÓN QUE SE ANTOJA NECESARIA PARA EL FUTURO DEL CINE.



En pleno debate sobre la muerte del cine, que se dio con vehemencia a principios del nuevo milenio con la aparición del digital que puso en solfa esa primigenia característica de la naturaleza ontológica de la imagen fotográfica que Bazin había descrito en su célebre artículo, Gus Van Sant filmó su "trilogía de la muerte". Películas minimalistas y de una depuración extrema; Gerry (Gerry, 2002) mostraba (nada más) el viaje y posterior pérdida de dos personajes en el desierto, finalizando con la muerte de uno de los dos caminantes. Elephant (Elephant, 2003) retrataba con una crudeza casi documental, tomando como punto de partida la película homónima de Alan Clarke, la matanza de Columbine. Y, por último, Last Days (Last Days, 2005) seguía los últimos días en la vida de un músico, Blake. La mínima premisa argumental de los tres films, el tema de la muerte (la del amigo, la colectiva, la propia) y un discurso subyacente sobre la situación del cine, nos permite analizar las tres de manera conjunta. Los debates sobre la muerte del cine no sólo se centraban en la naturaleza de la imagen cinematográfica sino que se extendían al modelo de puesta en escena, tras el fin de la modernidad, y el irrefutable agotamiento del modo de representación posmoderno. Nos encontráramos en plena edad del duelo por el fin del sueño de la modernidad (como mantenía Losilla), o en esa conversión de la imagen-tiempo propiciada por el paradigma digital, indudablemente el cine se estaba planteando su ubicación en el siglo XXI.

Van Sant zanja el debate en dos vertientes igual de interesantes: la muerte de la narración y de la puesta en escena como mirada nueva; y la muerte natural del espacio. La posmodernidad había agotado, en su manierismo y repetición intrínsecos (ahí está Psicosis, 1998; del propio Van Sant, testamento y tesis irrefutable), la posibilidad de los relatos cinematográficos en contacto con el presente; las facilidades de la cámara digital habían generado un paradigma (vinculado a cierta hipermodernidad del nuevo milenio) haciendo "morir” la puesta en escena, tanto por los ritmos vertiginosos de los planos como por la pantalla digital que intercambia la realidad a su antojo; sumado a la era de internet, donde el hombre vive en un espacio virtual constante y cambiante.

No es baladí que Van Sant, en este contexto un tanto desalentador, articule su discurso sobre tres muertes que son una: la del relato (como universo causal y moral comprensible). El inicio de Gerry es un largo plano de un coche cruzando una carretera y llegando a un paraje desértico. Los dos personajes echan a andar y en un momento determinado se pierden. Vagan sin rumbo y uno de ellos muere. El otro se salva. El relato no existe. No hay causalidad, no hay acción, no hay universo moral aprehensible. Sólo una muerte. Y un divagar sin destino. Un viaje o travesía donde se da la negación de la road movie que es el género americano por excelencia, o su contrario, todos los relatos de movimiento depurados en uno.



El relato no existe porque en el marco cinematográfico actual no hay nada que mirar por primera vez. Quizá, es el relato el que muere. Elephant retrata los momentos previos a la matanza de Columbine, pero sin dramatización de ninguna clase; no hay representación sino presentación. El deambular de los personajes, sus idas y venidas, se vuelve a erigir como motor de un relato(s) que se niega a sí mismo, lo único que queda es ese deambular como base única de lo real. Y finaliza con otra muerte, la del drama, la del punto de vista. Como un puzle de visiones fragmentadas sumadas a la de su autor que sólo mira a través de ellos. La imposibilidad de la verdad como representación objetiva. Last days vuelve a minimizar una "narración”, ésta vez la de los últimos días de un cantante, sentenciando la descomposición de un sistema, el de los relatos, que no se sostiene ya en pie (como el propio personaje). La necesidad de suicidarse para liberarse. Hay en Last Days cierta atmósfera fantasmagórica. Vemos en esta última una vocación de cierre de trayecto, de final de una trilogía que abría una posibilidad en el relato que ha penetrado, en mayor o menor medida, en cierta tendencia del cine americano posterior, en toda su dimensión radical e independiente, en The Brown Bunny (The Brown Bunny, Vincent Gallo, 2004), o en cierto estiramiento de las secuencia, dentro de un cine más convencional, en Two Lovers (Two Lovers, James Gray, 2008). El planteamiento de Last Days parece entroncar, en cierta manera, con cierta lectura superficial del "estilo trascendental” que tan bien definiera Schrader: la presentación de lo cotidiano, directa, fría y sin filtros dramáticos de la vida de Blake, la disparidad para poner en tela de juicio este constructo racional (la repetición temporal de secuencias desde puntos de vista diferentes), la acción decisiva que prepara al espectador para una ruptura con la frialdad expositiva a través de la emoción (la canción final de Blake, las voces y ruidos del final antes de ir al porche) para que se produzca el éxtasis, que es una forma trascendente que el espectador asume o no, y que en este caso es la separación del alma de Blake de su cuerpo.

Éste, más o menos discutible, proceso de construcción genera dos vías de interpretación: la asunción de dicho "milagro” como el renacimiento de una nueva manera de afrontar los relatos, que es la de la pérdida y la depuración propias de la trilogía de Van Sant, o la del suicidio del relato como banalización de un santo contemporáneo posmoderno (Kurt Cobain) que entronca con una distancia irónica, la de qué hacer con las páginas amarillas como máxima preocupación post mortum.



Los amigos de Blake, tras su muerte, viajan a Los ángeles entre el estupor de un acorde de guitarra y la indiferencia más acuciante, en un coche que es filmado casi de la misma manera con la que empezaba la trilogía en el primer plano de Gerry. Cerrando el círculo, no sin antes haber planteado multitud de interrogantes, ¿es esta trilogía una nueva vía de expresión cinematográfica o hemos asistido a los "last days” antes de la definitiva muerte, en una línea que sólo se ha cerrado en sí misma y que nos condena a contar historias sobre fantasmas pasados como ese que sale del cuerpo de Blake? ¿es esta trilogía la prueba de que todo relato es en sí mismo igual a los demás y que con su muerte sólo queda empezar el mismo camino, de nuevo condenado a perderse? ¿hemos superado la edad del duelo matando al relato, al drama y al espacio o estamos condenados a vivir en una perpetua edad del duelo mientras se constata la muerte una y otra vez con indiferencia? ¿es plantear las preguntas lo único que puede salvar al cine?



Así mismo, frente al espacio virtual en donde se ubican los personajes de El señor de los anillos (The lord of the rings, Peter Jackson, 2001) o Matrix (Matrix, Lily Wachowski, 1999) (por citar películas inmediatamente anteriores), donde se dan mundos irreales en los que el hombre vive en la imagen perdiendo su lugar real, Van Sant plantea tres espacios que son reales pero donde el ser contemporáneo se siente desplazado. Los cuerpos reales en espacios reales, que se pierden en un desierto laberíntico por la imposibilidad de filmar en el digital el atributo originario del cine (el estar). En Gerry el espacio se torna amenaza e inmensidad; en Elephant, en los pasillos llenos de recovecos, el mundo virtual de los videojuegos ha sustituido la percepción de los espacios, subjetivando a un encuadre en la nuca la imposible tarea de mostrar lo real, que se confunde con el horror de la violencia virtual en un juego de simbiosis espacial; en Last Days el contacto identitario con lo natural torna lo sublime en amenazante. Ya no se trata de una "ficción de acción dinámica”, como señalaba Metz, sino que la ficción está desnudada hasta límites impúdicos, la acción minimizada hasta los huesos y el movimiento (dinámico) convertido en una espiral que siempre se torna laberíntica y sin salida más allá de la muerte.



Frente al horror vacui de lo digital, Van Sant desnuda los espacios. Frente a la vertiginosidad del tiempo contemporáneo, Van Sant vuelve a apostar por una radicalización, en este caso del tiempo como modo de resistencia a la existencia tecnológica, a los modos de representación coetáneos. Todas las películas de la trilogía se asientan en largos planos secuencia en movimiento, donde prima, por encima de todo, el tiempo muerto como expresión y último reducto de la existencia analógica, del estar. "He perdido algo por el camino hacia donde sea que estoy hoy”, esta frase pronuncia Blake en un momento de Last Days que resume lo que Van Sant, en pleno apogeo del debate sobre la muerte del cine, cree y sostiene. Es una enunciación consciente pero llena de dudas, concluyente, y que en la película conduce a la muerte. Pero el camino abierto por Van Sant es imprescindible en una corriente asentada, en mayor o menor medida, en el cine contemporáneo, un tratado sobre las dificultades de regresar a un lugar-hoar, un espacio en el que sólo transitan fantasmas y una salida o punto de no retorno del cine como experiencia alejada del consumo de imágenes.

La constatación de tres muertes, la del relato, la de la dramatización, la del espacio como lugar identificable. Pero que, en su último plano, abre una pequeña esperanza (revestida de ironía descreída que cuestiona su propio planteamiento) de un cine renovado y simbólicamente vivo entre cadáveres. De que ya el cine, en la era digital y posmoderna, debe existir como experiencia y no como historia, porque lo segundo es ya falseable o directamente falso (o en todo caso preexiste) y lo primero siempre real. Esta trilogía es una página en blanco sobre la que escribir un futuro alejado de los fantasmas del pasado y los demonios del presente digital.

LA TRILOGÍA DE LA MUERTE ● 26 de Septiembre de 2019