LA REALIDAD SUPERA A LA FICCIÓN (25º EDICIÓN DEL FESTIVAL DE CINE DE MÁLAGA 18 AL 27 de MARZO)

La 25º edición estuvo protagonizada por sólidas miradas de tono documental frente a una ficción española industrial que agoniza cada vez más.

Tras las dos últimas ediciones adaptadas al marco de la pandemia, esta 25º edición que aquí nos ocupa recuperó su fecha habitual, el mes de marzo, un momento en el que la calima azotó el sur de España y la ciudad de Málaga no se libró de ello.

El certamen, una celebración por todo lo alto del cine español, se celebró con una extensa programación donde la mayoría de los días tenía lugar la proyección de tres películas pertenecientes a la selección oficial con sus respectivas ruedas de prensa. Sin duda, esta edición estuvo protagonizada por una marcada alternancia entre la ficción y el tono documental, ello se vio en numerosas películas que optaban por una notoria cercanía a la hora de alambicar sus estructuras, ya sea contando con actores no profesionales-caso de AlcarràsThe Gigantes, Utama– o con elementos claramente autobiográficos- caso de Mi vacío y yo o Cinco lobitos

Constantes contrastes

El celebrado concurso estuvo nutrido por una selección oficial compuesta por una variopinta amalgama de títulos, como suele ser habitual en este certamen, que van desde los producidos por grandes productoras como Atresmedia, Movistar Producciones o Netflix pasando por películas iberoamericanas y películas españolas de producción independiente. Una curiosa combinación que expone a la perfección muchas de las problemáticas del cine español, un cine que, digámoslo ya, presenta grandes nebulosas a la hora de establecer una comunicación con un público-solo hay que observar las temibles cifras de taquilla de muchas de estas películas que ya se han estrenado- y que salvo honrosas excepciones, cada temporada ofrece productos industriales de dudosa calidad.

El más claro ejemplo de ello de la muestra de ambos modelos fue la proyección de la esperadísima Alcarràs (Carla Simón) junto con Canallas (Daniel Guzmán), valiente pero disparatada e incontrolada comedia de tono macarra e irreverente que resultaba agotadora. La calma contra el ruido, lo dramático contra lo festivo se daban cita tal como sucedió en el año 2019  cuando en la misma jornada se dieron cita Las Niñas (Pilar Palomero) y Hasta el cielo (Daniel Calparsoro), dos propuestas que como decía anteriormente ejemplifican claramente los dos modelos del cine español: uno de corte más independiente y otro de industrial que juguetea con las grandes plataformas.

La película de Simón, fuera de competición con motivo de la obtención del Oso de Oro en el Festival de Berlín, una histórica hazaña que cosechó más resonancia y más tweets, todos ellos de categoría laudatoria -sin haber visto la película-que poco se distanciaban de las reacciones virales de un tráiler de una película de Marvel Studios, Star Wars o del cine de Zack Snyder– que las impresiones de la crítica y el público que pudo ver la película en suelo español en Málaga. Estamos ante otro caso más de una película que supuestamente es una obra maestra aunque nadie la hubiera visto, un fenómeno que cada temporada inunda las redes y que sin duda configura impresiones, textos y opiniones de todo calado.

Fuera de fuegos artificiales y eslóganes facilones que se pueden decir sin haber visto una película, Alcarràs es un relato dramático y sincero, en cierta medida es una película mucho más ambiciosa que Verano de 1993 y que visualmente está mucho más cuidada. La historia coral de una familia de campesinos catalanes está encuadrada por una imagen más fija, menos móvil y nerviosa, algo que posiblemente responda al arraigamiento del núcleo familiar protagonista que representa la imagen colectiva de un proletariado agrario que se encuentra en extinción debido a las políticas de la globalización. 

Su potente arranque remite a imágenes de Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1993), película con la que está más emparentada de lo que puede parecer por ciertos paralelismos en su discurso, en la película de Simón las gigantescas máquinas causan el asombro del grupo de inocentes niños que desde el interior de un automovil abandonado, al igual que en la película de Spielberg estos en un primer momento contemplaban con suma expectación la aparición de unos gigantescos dinosaurios-creados artificialmente por las excentricidades de un capitalista-, después las miradas infantiles se alteran al comprender que estos alterarían y arrasarían el medio natural al igual que esas grúas harán lo propio en las tierras de sus antepasados. 

Como podemos ver, la selección oficial ofreció las caras de ambos modelos, sin lugar a dudas mucho más interesante el que representa una mirada más minoritaria, no por su naturaleza adscrita a grupúsculos de modernos,  de “prestigio” y de pose elitista,  sino por la calidad de las propuestas en sus imágenes, acordes a un discurso más centrado y con un interés en explorar diferentes problemáticas de la sociedad española. 

En la sección oficial unos cuantos títulos fueron más que destacables, fue el caso de “la joya inesperada” decía el veterano Fernando Mendez-Leite- maestro de ceremonias en cada rueda de prensa- al terminar la proyección de Cinco lobitos(Alauda Ruiz de Azúa), una de las sorpresas del certamen, que atrapa por sus imágenes comedidas y con sumo tacto para configurar un bellísimo y sorprendente drama de altura considerable y que, está a la altura de todo lo que quiere abordar. Una película que posee grandes momentos de puesta en escena y que abarca temas como las dificultades que desentrañan la maternidad en tiempos de enorme precariedad y fugacidad laboral o los relevos generacionales. Cinco lobitosel debut de Alauda Ruiz de Azúa, fue merecidamente la gran triunfadora del certamen con cinco premios, incluidos mejor película, guión y ex aequo para las actrices Laia Costa y Susi Sánchez. 

Por otro lado encontrábamos la austera y contundente Mi vacío y yo (Adrián Silvestre)- Premio Especial del Jurado- donde se aborda desde una arriesgada frontalidad– atención a las durísimas y sinceras escenas de sexo- la identidad de género con aspectos tan interesantes como la búsqueda de la imagen en las redes sociales.

El otro modelo estuvo representado por numerosas películas respaldadas por grandes productoras y de un marcado carácter industrial, estas fueron buena muestra del pobre estado del cine de masas con propuestas en el fondo muy conservadoras e incluso televisivas como El test (Dani de la Orden) anodina comedia cortada a patrón de Atresmedia sobre las convenciones en las relaciones de pareja. 

El listón lo subió por los airesla ridícula e interminable Llegaron de noche(Imanol Uribe)drama sobre la matanza de los jesuitas en El Salvador durante la guerra civil salvadoreña a finales de los años 80, una historia que requería unas imágenes con una puesta a la altura y que estaba despachada con el peor acabado de telefilm contemporáneo con una fotografía y recreación histórica que recuerda a series como Amar en tiempos revueltos (Antonio Onetti, Josep María Benet i Jornet, Rodolfo Sirera (2005- ), un montaje de idas y venidas repletos de enunciados de baratillo y una continua sobreexposición de subrayados componen este ejercicio de anti cine.

Las niñas de cristal(Jota Linares) aportó las dosis de simulacro de cine de prestigio en una película que trata apuntes sobre la creación artística y sus límites-algo muy popular en películas recientes un tanto generacionales como Cisne Negro (Black Swan, Darren Aronofsky, 2010) o Whiplash (Damien Chazelle, 2014)- y que en conjunto resultó bastante plomiza. Su batiburrillo de ideas, sus tonos dispares, sus excesivos subrayados donde a través de la nada pretende confundir al espectador y su excesivo metraje (138 minutos) adornado por una pomposidad musical configuran una película que parece diseñada con plantilla de cara a la audiencia de su plataforma (Netflix). 

Entre estas producciones industriales también estaba la anteriormente mencionada Canallas (Daniel Guzmán), que dentro de todo este conjunto no resultó ser lo peor ya que posee una atrevida singularidad que hay que reconocerle. Una película, que todo hay que decirlo, es muy muy arriesgada, el propio Daniel Guzmán era muy consciente de ello y en rueda de prensa manifestaba continuamente: «una película sumamente loca».

El thriller Código Emperador (Jorge Coira) resultó ser una oportunidad perdida, que aunque inofensiva, su acabado de producción estándar configura sus estancas y blancas imágenes, algo que lastra un guión interesante sobre la hipervigilancia en nuestro contexto digital. Personificado por un efectivo Luis Tosar, estupendo como fontanero de las cloacas del Estado y con cierta mirada turbia en su afán de recopilar los infortunios de políticos y celebridades de nuestro país, se queda en un thriller de sobremesa. 

El broche de oro fue la insultante Llenos de gracia(Roberto Bueso), proyectada en la clausura y ya fuera de competición, una conjunción de múltiples elementos buenistas al servicio de una comedia del peor acabado estético publicitario, puesta en escena orquestada para teledirigir continuamente las emociones del espectador con recursos chabacanos: imágenes complacientes que buscan el guiño fácil en cualquier momento, música alegre (extranjera! como si no hubiera buena música española para ambientar los años 90 para acompañar secuencias de montaje musical que son puro spot barato. Un relato donde se nos muestran los años 90 como mero marco nostálgico. En ella apenas hay un punto ácido en esta película diseñada a modo de plantilla de la nefasta Campeones (Javier Fesser, 2018), película en la que al menos había algunos aspectos singulares, incluso ingeniosos y claramente autorales. Un cierre de festival que fue perfecto para simbolizar un cierto estado de la cuestión bastante grave en torno al estado creativo de nuestro cine: ¿Se nos ha olvidado hacer comedias aportando nuestro lado crítico y mordaz? Algo demasiado alarmante en una sociedad cada vez más falsa y acrítica.

Por suerte de parte del cine industrial hubo algunas excepciones, este fue el caso La maniobra de la tortuga(Juan Miguel del Castillo)otra de las sorpresas del certamen, portentoso thriller en la línea del mejor cine negro español, combinado también con ecos del cine de vigilantismo (Michael Winner y John Lee Thompson) e incluso el videojuego Max Payne (Remedy Entertainment y Rockstar Games, 2001-2012) al servicio de una trama que trata con contundencia la corrupción (policial y estructural) y  la violencia de género. Controlado a través de una puesta en escena seca y muy calculada-atención a las modélicas escenas de acción y a la solidez sosteniendo el plano en diferentes momentos violentos y dramáticos- para narrar el descenso infinito a los infiernos de dos personajes abocados a vivir con hondísimas heridas.

Otras propuestas dignas, estas intermedias entre dos aguas de estos modelos fueron La voluntaria (Nely Reguera), espinosa película en la que Carmen Machi figura como la mirada de una Europa Occidental inocente e incapaz de aceptar las barbaries del sistema. Figura a la que como contraplano la cámara de Nely Reguera recoge finamente las acciones tanto de unas instituciones europeas como de las ONGS que aceptan y acatan el entramado burocrático como trámite diario. La película que da pie a un rico debate sobre el tema evidente, el de los refugiados (que ya desde hace mucho tiempo hemos visto que por desgracia hay de primera y de segunda), y el de las fallas del sistema, aquí reflejadas a través del abandono y la dejadez de las instituciones, las cuales dejan a su suerte a personas en riesgo de exclusión, algo que no hace falta irse a un campamento de refugiados para verlo, solo basta con visitar centros escolares o de salud en nuestro propio país o comunidad autónoma. En cuestión formal es una película con problemáticas en sus imágenes ya que por una parte tiene elementos valiosos como cierto tono documental (se rodó en el campo de refugiados de Malakasa, Grecia) y por otra, una puesta en escena bastante limpia donde quizás juega en su contra ya que sin ser su intención nos deja imágenes bastante ¿publicitarias? de Carmen Machi junto al niño y al perro…

Mucho más austera fue Nosotros no nos mataremos con pistolas (María Ripoll)basada en una obra de teatro y con una puesta en escena algo nerviosa que alternaba con algunos momentos de quietud, demuestra la complejidad de capturar la foto fija de una generación quebrada a la que parece que solo le queda el desenfreno como posible escape hacia adelante. Un reencuentro despierta las ilusiones perdidas y los desengaños de una generación en esta película basada en diálogos y acciones de los personajes donde un agujero de bala aparece como metáfora de una generación y la de un país.

Incomprensiblemente fuera de concurso estuvo la más que notable Camera Café, la película (Ernesto Sevilla)donde Ernesto Sevilla dirige, escribe (junto con Joaquín Reyes y Miguel Esteban) y controla un complejo material que es casi imposible de concebir bajo otras manos creativas ya que la película responde y mucho al humor chanante o al de Capítulo 0 (Joaquín Reyes, Ernesto Sevilla, 2018) .  Es una película tan radical tanto en forma (contiene muchos desvaríos visuales que son pura genialidad, otros pura desvergüenza/troleo) como fondo, respecto a esto último es complejo puesto que el equipo se enfrentaba a la idea de hacer una película en la que en palabras de Sevilla  «había que hacer una historia sin decir a qué se dedicaban los personajes».

Una ardua tarea de la que han salido airosos a base de continuos gags y completas locuras expresadas mediante la imagen, donde sus actores se prestan a todo tipo de excesos y delirios creativos. Para el recuerdo el gag sobre un personaje político de nuestro país realizado de forma ingeniosa a través de la profundidad de campo.  Un divertido disparate que es mucho más que una gran reunión y no dejará indiferente a nadie. De la mente de los mejores cómicos españoles solo podía salir una película así, es lo más parecido a la brillante La lego película (Phil Lord, Christopher Miller, 2014) que se ha hecho en España.

La única incursión que pude realizar en la sección zonazine fue para ver una interesante propuestas como Dúo(Meritxell Colell) –ganadora a mejor dirección en dicha sección-, efectiva en su uso de elementos del documental al servicio de un relato plagado de numerosos tiempos muertos que combina texturas y formatos, dando como resultado un acabado visual muy interesante donde explota las emociones a base de primeros planos, el fuera de campo, el sonido y su gran labor de montaje en su mezcla de ficción y documental. Es una película que experimenta con naturalidad y naturaleza sobre el desgaste de procesos creativos, personales y emocionales. Posee algunas hermosas imágenes que remiten al mágico precine. 

El cine latinoamericano también aportó imágenes dignas 

Por suerte el cine latinoamericano volvía a dar buena muestra-aunque también tuvo ciertos títulos olvidables comoÁmame (Leonardo Brzeziki), A Mãe (Cristiano Burlán) y Mensajes Privados (Matías Bize)– de buen cine tal como ocurrió en la edición de 2020 y es que el prometedor debut de Alejandro Loayza Grisi en Utama fue de lo mejor de todo el festival. Su película, un western indígena rodado en el altiplano boliviano y hablado en quechua, habla sobre como ciertas culturas y pueblos agonizan en territorios salvajes que se ven acusados por el cambio climático. Su extraordinario uso de paisajes mediante el scope, la profundidad de campo o las elipsis se ponen al servicio de una historia mínimade pocos diálogos y de unas imágenes que asombran por la hostilidad de un vastísimo territorio sometido a un sol abrasador. Su marcado documentalismo mediante la acción de personajes no profesionales-los personajes ancianos eran indígenas de la zona- y animales en el complejo entorno dotan a la película de un tono de cercanía y naturalidad. 

Su rueda de prensa, toda una lección de humildad y honestidad de Alejandro Loayza Grisi, fueron de las pocas en las que se habló de términos cinematográficos en cuestión de imagen. Referentes como Ida (Pawel Pawlikowski, 2013), El último tango en parís (Bernardo Bertoluci, 1972), Nubes Pasajeras (Aki Kaurismäki, 1996), Paris, Texas (Wim Wenders, 1984) o los Hermanos Coen fueron sus puntos de inspiración para esta ópera prima. Consiguió llevarse varios premios: mejor película iberoamericana, mejor dirección y mejor banda sonora.

The Gigantes(Beatriz Sanchís), road movie fronteriza protagonizada por mujeres errrantes que explora la búsqueda de la identidad a través de los cuerpos físicos y materiales, ofreció una modestia y una notoria sequedad verista-alguna similitud con el cine de Sean Baker hay en ella- que destaca por su cuidado visual sin florituras arty ni tics de moda. En ella Sanchís plantea un doloroso y sanador viaje de ida y de vuelta al estilo Paris, Texas (Wim Wenders, 1984) en el que la imagen tiene respiro y hay cierta agilidad que no agote los pocos elementos que articulan la ficción.  De hecho, en la rueda de prensa le pregunté por ello y la propia Sanchís me respondía que su película «está mas emparentada con el cine de Wim Wenders ya que se trata más de un proceso de introspección que de Thelma & Louise».

Una película que huye del cansino y plantillero coming of age y de filmar el postalismo fácil de unos espacios naturales que brillan por si solos sin la necesidad del subrayado. En ella se nos plantea el vehículo como motor de cambio y también como liberación, la de unas mujeres de diferentes edades y culturas que tienen que aceptar diferentes duelos. La unión de culturas, las bastas carreteras pobladas por pequeños lugares con peculiares seres o las heridas que se conectan son algunos de los elementos de The Gigantes, donde su protagonista J.J (S.J. Smith) hace suya en todo momento donde hace gala de un magnetismo visual comparable al de una Lady Gaga. Modesta propuesta que finalmente obtuvo dos galadornes en el reparto de premios, la mención especial del jurado y a mejor fotografía de Nicolas Wong.

Totalmente diferente fue Cadejo blanco(Justin Lerner) thriller con toque documental con una sólida y ordenada puesta en escena basada en la observación de su protagonista (excelente Karen Martínez) que se ve envuelta en un espiral de todo tipo de violencias (estructural, psicológica, directa). Sorprende en buena medida su gestión de recursos en el lenguaje ya que utiliza un despliegue de recursos considerable sin que sea un mero artificio y posee la sequedad de la historia que quiere narrar: una chica inicia la búsqueda de su hermana desaparecida por un altercado de bandas en la localidad de Puerto Barrios (Guatemala).

Tiene grandes momentos donde exprime las posibilidades de la propuesta. Como curiosidad la inmensa mayoría del reparto no eran actores profesionales (de hecho alguno ha fallecido debido al ambiente criminal) y todo está rodado Puerto Barrios, algo que acentúa su carácter como documental similar al visto en Tropa de Élite (José Padilha, 2007). Supuso ser una gran combinación de cine de género con tono documental

Otro cambio de tercio fue la reflexiva Lo invisible (Javier Andrade), pieza fría y distante dominada por la observación de tiempos muertos, el de una mujer que goza de una privilegiada situación social que sufre depresión postparto y deambula por unos espacios arquitectónicos herméticos donde es un mero objeto de cambio más dentro de un attrezzo diseñado por y para la celebración circular de unas élites que viven en realidades tapiadas.Mediante una planificación que está basada «en el cine de Antonioni» tal como comentó el propio Javier Andrade en la rueda de prensa, posee un férreo único punto de vista donde abusa de planos de cogotes para aportar una inmersión desde el punto de la actriz Anahí Hoeneisen, algo que funciona por momentos. Desarrollada a base de silencios y momentos «vacíos«, en conjunto resulta irregular durante todo su metraje en su función de «ser una película más de experiencia que de argumento».

Una de cal y otra de arena 

Esta selección de títulos nacionales cuya naturaleza de producción representa a diferentes modelos nos deja unas conclusiones que parecen cíclicas en el cine español contemporáneo: el modelo industrial de grandes productoras que ha perdido la conexión con el público y cuya calidad, exceptuando tan solo unos pocos títulos cada temporada, es bastante cuestionable, además este se encuentra con una grave situación, y es que la taquilla española en lo que llevamos de año está siendo terrorífica, una noticia nefasta para el cine español donde las plataformas están configurando patrones de consumo y ello está afectando a la recepción de las películas, el público las deja morir en salas para luego verlas en casa, y ello está pasando con muchos títulos que representan este modelo; y el de otro mucho más minoritario, con predominio nuevas cineastas que debutan cada temporada (Carla Simón, Belén Funes, Pilar Palomero, Clara Roquet o Alauda Ruiz de Azúa) , que con propuestas austeras exponen algunas problemáticas de nuestra sociedad y en sus trabajos hay una mirada reflexiva acerca de la imagen. 

El caso es que el certamen representa a la perfección el estado actual de un cine español en el que encontramos un cine industrial muy irregular y otro que a veces ofrece propuestas que sorprenden. El tiempo dirá acerca de la sostenibilidad de un modelo, que en su mayoría se encuentra empecinado en fijarse en las imágenes de un cine norteamericano-que cada temporada demuestra que es peor- y que los titubeos con las plataformas dan como resultado películas que en sus imágenes parecen más apropiadas para el formato televisivo y cuyo paso por las salas cada vez es más fugaz. Por otra parte, tampoco sabemos la continuidad del otro modelo, pero los años nos están demostrando que está teniendo una prolongación que da como resultado algunas de las películas más destacables de estos últimos años. También hay que añadir que las loas desmedidas por parte de una crítica que elabora unos calificativos que son intercambiables hacia la obra maestra de cada semana hacen un flaco favor a películas como Alcarràs y a Carla Simón.

Por Adrián Chamizo